Pasan
los días en vano. Hace ya tres meses de lo ocurrido y sigue dándose
cuenta que no lo ha olvidado, que lo quiere, que lo ansia, que lo
hecha de menos. El otro día la vi sentada en la silla, frente la
ventana. Tenía una mirada fija, como si le faltara algo, como si no
tuviese alma. Observé que cada vez que oía el timbre de una
bicicleta se asomaba para ver si era él, si regresaba. Pero una y
otra vez, al ver que no era quien esperaba volvía a sentarse de
nuevo en la silla y volvía a emerger la mirada en la nada, de
vuelta sin alma.
Llevo
días analizando toda acción que realiza. Se levanta unos días a
las 6, otros días a las 7 y hay varios días que no sabe como pegar
ojo. Una vez despierta, se sienta en el borde de la cama y se queda
inmóvil durante cinco minutos exactos, se vuelve a estirar, se
encoge como si tuviese frío y se queda con la mirada fija en la
pared sin decir palabra. No suele quedarse mucho tiempo ya que tiene
que ir a la escuela y no debe faltar a clase, como bien prometió.
Sin fuerza ninguna se levanta de la cama y se dirige al armario para
elegir la ropa del día. No suele tardar mucho en escogerla, le es
fácil ya que no le importan mucho las pintas que lleva a la escuela.
Hace tiempo dejó de preocuparse por su aspecto. Se mira en el espejo
con temor a ver lo que encuentra. Su cara demuestra rasgos de horror
y asco, se toca la cara y parece ser que no se reconoce. Se analiza
todas y cada una de las curvas de su cuerpo y nota una diferencia.
Está más delgada y pálida cada día que pasa. Sin más
contemplación, se viste y hace la mochila. Piensa en lo que le falta
y en lo que tiene y murmura con voz muy tenue “me falta él, tener,
ya casi no tengo nada”. Va al aseo a intentar arreglar las ojeras
que cuelgan bajo los ojos, por la causa de llorar día sí y día
también. Se peina y se fija en la cantidad de pelo que está dejando
en el cepillo. Ya le parece algo muy normal. Creyendo que ya lo tiene
todo, coge las llaves para encontrarse con otra pesadilla más, el
colegio. Llega en silencio, todo el mundo la mira y empiezan a
cuchichear a voces bajas. Ella no es tonta, se da cuenta, pero ya no
le importa. Pasan las horas en clase, ella atiende, toma apuntes pero
parece estar en otra parte. Hora del patio, ella se une a las chicas
que le acogieron el primer día. Todas hablan y comentan rumores del
colegio, cotilleos de personas, cosas sobre chicas… ella sin
embargo, está sentada a su lado pero vuelve a perder la mirada a la
nada, hasta que toca el timbre, vuelve en sí y parece que haya
reconocido ese timbre, con los ojos abiertos con una chispa de
esperanza mira de un lado a otro buscando de donde procede. Al
descubrir el lugar de donde provenía, los ojos, que se habían
iluminado, se vuelven a apagar acompañados con una mirada triste y,
de vuelta, sin vida. Noto que mientras va con la cabeza gacha, se
deslizan por sus mejillas de porcelana unas lágrimas frías y
cristalinas que se rompen nada más llegar al suelo. Enseguida se las
seca y entra corriendo a clase. Vuelven a pasar las horas, con la
mirada ausente, hasta la hora de comer. En la salida, en vez de
dirigirse a casa, se va perdiendo por las calles del barrio,
reviviendo todos los pasos recorridos una mañana cálida y veraniega
de principios de agosto. 15.30, de vuelta a las clases para terminar
el día. Ahora, ya casi no presta atención al profesor y tampoco a
los compañeros que algo le comentan. Dicen que es rara, porque desde
que llegó no habla y tampoco sonríe. Han intentado comunicarse con
ella pero no hay manera y, en casa, tampoco saben que hacer. De
vuelta a casa, se para en frente de un banco. Permanece ahí unos
pocos segundos y a prisas entra en el portal de casa. Nada más
llegar, se encierra en la habitación y no vuelve a salir de ahí
hasta la hora de cenar. Comen en silencio. Madre y padre se miran
entre los dos intentando gesticular alguna palabra. Cuando finalmente
deciden qué decir, ella se levanta, lleva su plato al fregadero y se
vuelve a encerrar en la habitación. Antes de irse a dormir todos, la
puerta suena, “toc, toc”. No hay respuesta. Se desliza hacia
abajo el pomo de la puerta y por la rendija aparece el rostro de su
madre, que la mira preocupada y le dice con voz suave: “Buenas
noches, cariño”. Sin respuesta, de nuevo. Ella, mientras, se
vuelve a encontrar sentada frente la ventana, emergida en la nada,
sin alma, como ausente, como sin vida.

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