Han pasado solamente seis días, y como si fueran años. Veinticuatro
horas se hacen eternas. La intención de quedarse dormida para no pensar en él,
ya no funciona. Todos y cada uno de sus despertares son con su rostro clavado
en la mente. Sonríe. Su vida ha cambiado. Cuarenta y ocho horas han
transcurrido, la cara le ha cambiado. Parece
haber encontrado ilusión, pero en el fondo sigue en sus pensamientos todos los
recuerdos que tanto ansia ella por olvidar. Pensaba haberlo dejado en el
pasado. Recorre calles y ve la imagen de dos personas paseando, felices por
verse, alegres por estar juntas. Mientras hablan se nota que están hechos el
uno para el otro.
De
vuelta a casa se da cuenta que esa imagen era creada por su mente, una imagen
de él y de ella. No hay comprensión ninguna a lo que les pasó. Nadie lo
entiende. Un día sin más pensarlo, se acabó y se dio fin a una historia que no
tenía lugar ni sentido en el tiempo.
Lo hecha
en falta. Quiere volver a sentirlo cerca. Nota que cada día que pasa hay menos
posibilidades de volver a llenar el vacío que le quedó dentro. Va a cerrarse en
banda al amor. No quiere a nadie más, solo a él. Le entregan cien corazones al
día y todos son rechazados. No los quiere. Quiere solamente el de una persona
que se desvaneció en el transcurso de las agujas del reloj, en cada huella
marcada en la fina arena de la playa, en cada minuto aprovechado, viviendo el
presente sin pensar en un futuro cercano. Por cada sentimiento callado con el
silencio, en cada sonrisa provocada por una simple mirada. Esa persona perdida
entre callejuelas nombradas con palabras que se refieren a momentos pasados,
dice ya no querer enamorarse, no volver a querer a nadie, no arriesgarse a
perder a alguien. Demuestra tener miedo. Miedo a ser feliz, a ser más fuerte, a
los cambios en su vida. El orgullo, la soberbia, el resentimiento, el odio
cierran sus puertas a todo lo que quiere, a lo que tanto teme. Enamorarse.

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