17 de diciembre de 2012


 Han pasado solamente seis días, y como si fueran años. Veinticuatro horas se hacen eternas. La intención de quedarse dormida para no pensar en él, ya no funciona. Todos y cada uno de sus despertares son con su rostro clavado en la mente. Sonríe. Su vida ha cambiado. Cuarenta y ocho horas han transcurrido, la cara le ha cambiado. Parece haber encontrado ilusión, pero en el fondo sigue en sus pensamientos todos los recuerdos que tanto ansia ella por olvidar. Pensaba haberlo dejado en el pasado. Recorre calles y ve la imagen de dos personas paseando, felices por verse, alegres por estar juntas. Mientras hablan se nota que están hechos el uno para el otro.
De vuelta a casa se da cuenta que esa imagen era creada por su mente, una imagen de él y de ella. No hay comprensión ninguna a lo que les pasó. Nadie lo entiende. Un día sin más pensarlo, se acabó y se dio fin a una historia que no tenía lugar ni sentido en el tiempo.
Lo hecha en falta. Quiere volver a sentirlo cerca. Nota que cada día que pasa hay menos posibilidades de volver a llenar el vacío que le quedó dentro. Va a cerrarse en banda al amor. No quiere a nadie más, solo a él. Le entregan cien corazones al día y todos son rechazados. No los quiere. Quiere solamente el de una persona que se desvaneció en el transcurso de las agujas del reloj, en cada huella marcada en la fina arena de la playa, en cada minuto aprovechado, viviendo el presente sin pensar en un futuro cercano. Por cada sentimiento callado con el silencio, en cada sonrisa provocada por una simple mirada. Esa persona perdida entre callejuelas nombradas con palabras que se refieren a momentos pasados, dice ya no querer enamorarse, no volver a querer a nadie, no arriesgarse a perder a alguien. Demuestra tener miedo. Miedo a ser feliz, a ser más fuerte, a los cambios en su vida. El orgullo, la soberbia, el resentimiento, el odio cierran sus puertas a todo lo que quiere, a lo que tanto teme. Enamorarse. 

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