Y
transcurren los días sin conocimiento, las noches se vuelven eternas
despertando con la misma pesadilla a cada minuto que pasa. Y ya no quiero
soñar, vivir durmiendo, imaginarme largas historias con infinitas ironías. Ya
nada parece ser lo mismo. Busco entre sábanas y almohadas la explicación de su
ausencia. Puesto que ya no vivo, no siento, no río y tampoco lloro me escondo
en las oscuridades, con la intención de que nadie me encuentre. Dentro de mí,
la última llama de esperanza ha acabado por apagarse.

Con la intención de encontrar su olor
que le identifica, su presencia que se halla en paradero desconocido, su
radiante sonrisa sus ojos expresivos, vago por las calles de Berlín sin obtener
resultado.
Parece que va a llover. Gota tras gota
caen sobre la ciudad de Bélgica. En cuestión de segundos, se observa lo mojado
que está el suelo, lo rápido que se inunda la ciudad de paraguas de tipo de
colores y, como otros que no tienen con qué resguardarse huyen de la lluvia tan
rápido como pueden.
Solamente
una persona sigue su camino sin importarle lo mojada que está. Plantada en
frente del lugar donde todo tuvo comienzo, donde, al parecer, el resto del
mundo desaparecía en el momento que se perdían entre miradas, donde nada
parecía ponerle fin a ese hermoso cuento de hadas… hasta que un día despertó
sin su cálida presencia. Sí, era cierto. Sin saber por qué, las sábanas estaban
vacías, solamente quedaba el rastro de su perfume. Todo permanecía en silencio.
Ya no se oía de fondo, el canturrear dulce de buena mañana. Se quedó esperando
incontables mañanas, sentada en la cama, su vuelta. Pero ya no hubo regreso.
Pasaron
meses des de entonces y un día, sin más pensarlo, vio que los cuentos de hadas,
ya no existen y las historias sin fin, tampoco.
Volvió
empapada a casa. Decidida, se dirigió al armario para poner en mano un objeto
de color caramelo. Era una caja. La abrió y sacó aquellos recuerdos que tanto
seguía guardando des de hacía ya tanto tiempo. Se encaminó hacia el balcón con
la intención de deshacerse de todo ese dolor que le comía por dentro. Tiró
todas y cada una de las prendas que contenía la caja. Poco a poco se fue
observando cómo la ligereza que tiene una camisa de algodón, obtenía, cada vez
más rápido, el peso de las gotas de agua. Finalmente, todo aquello tuvo su fin,
y acabó por ser sumergido en un olvido de charcos y ruedas vehiculizadas.
Ése
mismo instante, supo que debía depender de sí misma y encontrar la felicidad,
sin la necesidad de tener a nadie al lado.♥
PD: Alguien con
ganas de vivir… ¡!








