Puestos
a pensar en ti, intuyo que han pasado 4 meses desde que nos conocimos, desde
que tus labios tocaron los míos, desde que me diste el primer abrazo en la
primera noche, desde la primera llamada que realizaste dirigiéndote a mi, desde
la primera vez que me dijiste que me echabas de menos, desde que te preocupaste
por mi, desde que demostraste que te importaba, al menos un poco… Llegados a
este punto pensé que definitivamente habías salido de aquello que se llama corazón,
pero en todo momento, por mucho que sienta que te odio por todo lo que me
hiciste pasar, de mi mente no te he sacado. Apareces por lo menos una vez al
día por ella. Tal vez sea que todo me recuerda a ti, palabras, hechos, risas, o
simplemente, un insignificante cigarrillo.
Perdóname
por no haberte olvidado aún. Te juro que lo he intentado con todas mis fuerzas.
He llegado a tener pesadillas, a gritar hasta quedarme sin voz, a llorar con la
intención de no volver a derramar una lágrima más por ti. Y aquí me ves,
delante de ti, con los ojos empapados de agua salada. Una agua que solo cae por
los ojos que emiten tristeza. Tal vez te preguntes porque sea tristeza. Simple,
porque son cuatro meses y podrían llegar a ser cinco, y seis, y siete porque en
un insignificante segundo, te quise.

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